Por qué aguantamos a parejas que no nos aportan

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¿Por qué aguantamos a parejas que no nos aportan?

Érase una vez un reino en el que había una mujer que ya era reina: una hermosa reina que estaba, por desgracia, hasta la coronilla de que su esposo estuviera enfundado en una armadura que, en realidad estaba oxidada.

Y, ¿por qué estaba tan harta?

Sencillamente porque le habían inculcado que tenía que aguantar.

-“Querida, los hombres son diferentes, tienen otros problemas, otras necesidades, y todo eso…” Solían recitar las damas del reino. Además, le decían que tenía que ser buena y paciente, que debía tomarse las cosas con filosofía… Que viene a ser lo mismo que darle una y mil oportunidades a su marido…. Y ella se revelaba contra lo que le habían enseñado, pues sus ideas genuinas y auténticas pugnaban por salir y cantarle al mundo las cuarenta…

-¿Siempre había sido la situación así?

– Por supuesto que no.

Antes de que su marido entrase en crisis, el caballero era gentil, educado y emocionalmente asequible. Pero eso era antes de que le diese por rescatar a gente en apuros. Tanto gusto le tomó, que, aunque no estuviese involucrado en misión alguna, allá iba él a rescatar a alguien… y más si se trataba de una damisela.

La reina no era una doncella tonta ni sufrida, ni se consideraba a sí misma una víctima que estuviese en el mundo para penar y aguantar. Ella no había nacido para soportar a nadie en semejante fiasco de armadura.

Cierto era que ella amaba el corazón de su caballero, ese corazón que habitaba debajo de tantas y tantas capas de óxido en su armadura. Pero aquel amor no le impedía ser sensata, cuerda y práctica.

Las otras mujeres del reino le decían que haría bien en ayudarle, comprenderle, amarle y aceptar en lo que se había convertido su marido.

Pero nuestra reina pensaba para sí misma que antes prefería el destierro antes que hacer lo que aquellas mujeres se hacían a sí mismas.

Y es que aquellas mujeres, antes un matrimonio incómodo, habían adoptado distintas estrategias: empinar el codo, salir de marcha sin parar, comer todo lo que se les ponía a tiro de mandíbula, trabajar como esclavas en plantaciones de algodón, donde no había algodón, tener amante…

Ella, nuestra reina, estaba hasta la corona de obligarse a sí misma a seguir con aquel caballero de oxidada armadura tan sólo porque un día se hubiera enamorado de él y hubiese decidido unir su destino al suyo.

Toda decisión puede ser rectificada. Toda decisión puede ser divorciada.

Y ella estaba decidida a divorciarse de aquel caballero que cada día se sumergía más y más en su oxidada armadura.

Ella consideraba que divorciarse no era “certificar el fracaso de una relación” ni tirar nada por la borda.

Es como si uno cocina un plato y después se da cuenta de que ha usado calamares en mal estado… Lo sensato es tirarlo a la basura. Y, normalmente, eso es lo que se suele hacer. Sin embargo, en cuestiones del corazón muchas personas proceden al contrario: se lo comen sin importar el daño que infligen a su psique, a su corazón y a su alma.

¿Por qué aguantar?

No había razón alguna que justificase aguantar a alguien que se había empecinado en hacer de su vida un fiasco de idas y venidas sin sentido. Ella es un ser completo por sí misma y no necesita la presencia de un caballero en su vida.

Al menos no un caballero en semejantes condiciones emocionales y psicológicas. Ella deseaba compartir su vida con un caballero de alma abierta y elegante corazón. Ella quería a alguien que no se enfundase una armadura para poder vivir su vida.

La reina sabía que un verdadero caballero nunca tendría la necesidad de vestir armadura alguna.

Cuando pasaron los años de casados, la realidad de las armaduras demasiado oxidadas les alcanzó. El caballero esposo de nuestra reina decidió ponerse la armadura para eludir sus demonios interiores. Se trataba de problemas que venían de su infancia (espacio en el que suele hallarse el origen de nuestros males de adultos).

Ahora bien, la razón por la cual decidimos construir armaduras en las que escondernos de nosotros mismos en vez de enfrentarnos abiertamente, es para huir de nuestros miedos, ya que pensamos que así estaremos a salvo. Sin embargo, no es posible esconderse dentro de una armadura puesto que, por paradójico que parezca, allí ni siquiera hay sitio para uno mismo.

Por eso nuestra reina ante semejante armadura asfixiante del alma, decidió pedir el divorcio al caballero de armadura demasiado oxidada y estrecha. Ella, a diferencia de su esposo, sí se arremangó, se colocó su corona y se enfrentó a los demonios del pasado.

Cuando él no tenía aún armadura, era un caballero en toda la extensión de la palabra.

Un día quiso el destino que ambos se encontrasen en una fiesta y, desde el instante que se vieron, supieron que querrían pasar el resto de sus días juntos.

El amor brotó en su alma casi al instante de conocerse, de mirarse a los ojos. Ella se quedó embelesada por su propio presentimiento.

Por su parte, él andaba metido en una relación para “pasar el rato” y cuando la vio supo que tenía ante sí a la “mujer de su vida”, y así se lo dio a entender.

Nuestro caballero era de rango intelectual elevado, por lo que formaba parte de un club cuyos miembros se caracterizaban por idear estrategias para las guerras y cruzadas. En realidad, eran inteligentes, pero no sabios, pues en ellos faltaba el corazón, y ya se sabe que sin corazón un guerrero se queda en lo intelectual, solo es mente, y acaba por ser un simple guerrero “enfadado y malhumorado” que dispensa violencia en forma de ideas y dogmas fríos. En el fondo, a todos les gustaba ser amados, pero no se lo querían confesar a sí mismos.

Nuestro caballero, durante mucho tiempo estuvo embelesado mirándose en el amor que la reina le prodigaba. Y fue feliz como nunca lo había sido en su vida.

Ahora bien, paralelamente a su historia de amor con la reina, existía su historia de club de caballeros. Y, como los demás tenían el corazón ciertamente congelado, los consejos que le daban eran fríos como el hielo. Es más, no podían soportar que el caballero tuviese a una reina en su vida, ni que fuese feliz con ella, ni que ella le amase tanto como le amaba, y que encima fuese guapa, inteligente y elegante. No podían admitir que hubiese un caballero en el club que tuviese una vida amorosa feliz y satisfactoria, pues eso era atentar contra las buenas costumbres y normas de la vida de caballero de armadura demasiado oxidada.

En este club, le explicaron a nuestro caballero que cuando uno no se guía por la mente, la razón y el análisis, acaba por desviarse del camino, con lo que sus logros profesionales se ven mermados y contaminados por la sensiblería del corazón.

Tengo que contar, en honor a la verdad, que si pudieron contaminarle fue porque en él existía un caldo de cultivo que lo propició, siendo así como finalmente nuestro caballero terminó enfundándose la misma armadura que los demás, la armadura oxidada, símbolo del club de caballeros que huyen de su corazón y del dolor de las experiencias emocionales de su infancia…

La infancia de nuestro caballero no fue patética, simplemente tuvo como modelo de madre a una mujer de alma resentida.

¿Por qué tenía el alma resentida?

Sencillamente, porque se había sentido obligada a casarse y a proseguir con un matrimonio que resultó ser un fracaso para su corazón. La madre de nuestro caballero era una mujer independiente que se ganaba las habichuelas por su cuenta, con grandes capacidades para triunfar como mujer y como ser humano. Pero, dado que ella daba más importancia a las normas imperantes en la sociedad, dejó de lado sus propias creencias y se obligó a casarse con un hombre que creyó caballero pero que, en verdad, andaba muy perdido en una armadura que estaba oxidada.

La madre de nuestro caballero estaba resentida, se sentía minusvalorada por el hecho de ser mujer y proyectaba toda su rabia y resentimiento contra los hombres. Es más, y esto es lo más triste de todo, no soportaba ver a una mujer triunfadora y feliz. ¡Ah! Y dado que nuestra reina lo era, arremetió contra ella y … ¡contra él! Tratando de hacerles la relación imposible.

Evidentemente, si el corazón del caballero no hubiese estado sembrado de dudas, sombras y rencores ajenos, hubiese resistido el embate y hubiese salido a defender su reino y su relación con la reina. Pero su realidad interior le llevó a hacer todo lo contrario: arremeter contra la reina. De pronto él pasó a tener celos de ella.

Todo el amor que sentía por ella se convirtió en dudas e inseguridades. Nuestro caballero le pegó una patada a sus sentimientos. Éstos le provocaron un gran vacío, y comenzó a acusar a nuestra reina de ser la causante de sus males y a exigirle que le reparase la maltrecha armadura.

Ella no era culpable de nada de lo que le ocurría al caballero. Él tenía asuntos interiores que resolver. Tenía que enfrentarse a dragones interiores cuyo origen se remontaban a la infancia.

Cuando uno de los integrantes de un matrimonio no se enfrenta a esos dragones existenciales y los sana, acaba por proyectarlos a la pareja, que es ni más ni menos, lo que nuestro caballero está haciendo con nuestra reina.

El caballero no quería asumir la responsabilidad sobre su propia vida y prefería echarle toda la basura a ella tachándola ahora de bruja, insultándola y odiándola. La misma reina que un día le había enamorado por su luz y su alma.

Trató de hacerle la vida imposible para intentar que ella se deshiciese de su luz y, al menos, los dos quedasen en igualdad de condiciones y conviviesen desde sendas armaduras.

Cada mañana al despertar y cada noche al dormir, le recitaba un mantra destructor de la dignidad más sólida y minador de la moral más elevada. Nuestro caballero se afanó en desestabilizar los cimientos de la psique de la reina cual terremoto en su escala máxima haciendo ensuciar la imagen de la reina, haciéndoles creer a los demás (incluida su familia) que ella era una marimandona, soberbia y celosa que lo tenía amedrentado y no le permitía salir del castillo ni tan siquiera para visitar a sus parientes.

Consecuentemente todos murmuraban a escondidas, compadeciendo al caballero de armadura demasiado oxidada por la ruin mujer que le había tocado como esposa.

La vida de ambos se tornó taciturna y ausente de cariño. Ninguno de los dos eran felices con el otro.

No obstante, la reina era poderosa y de una luz invencible, por lo que ni todos los celos del caballero lograron matarla de hambre emocional, aunque le dejaron la corona maltrecha y fuera de su sitio. Renunció a su rango de reina sometiéndose a sí misma para poder, de esta manera, seguir casada con el caballero que le propinaba mamporrazos a sus alas, corona y dignidad.

Las excusas para seguir casada con un asno emocional, léase caballero de armadura oxidada, son cosas como: “Mi amor le cambiará”, “no es para tanto”, “eso de ser hombre es muy duro” y un largo etcétera de sandeces varias que atontan la mente y matan de hambre la estima.

La vida en el reino maldito era triste, vacía, distante, políticamente correcta, repleta de broncas de campeonato y de hielos aplicados directamente al corazón cual puñales envenenados.

Estando así las cosas, la reina decidió seguir sola su camino, sin hijos ni legado emocional alguno que le recordase en los años venideros su paso por el castillo del caballero de la armadura demasiado oxidada. Pues ya se sabe que, cuando hay hijos de por medio, muchos caballeros y muchas damiselas, optan por usar a sus hijos como proyectiles con los que pasar factura al otro del fracaso matrimonial, creyendo, en su ignorancia, que los hijos son insensibles a los golpetazos que sus progenitores se propinan uno al otro en nombre del divorcio.

A veces los hijos son el blanco perfecto del fuego cruzado del despropósito iracundo de dos seres que no pueden evitar culpabilizarse para acallar el dolor de su alma.

La actitud frente a las adversidades de la vida es algo que decide uno mismo, y la reina decidió no guardar rencor alguno al caballero de la armadura demasiado oxidada. No importaba que él tratara de crearle problemas, criticarla acusándola de asesina matrimonial por haber matado el amor que él sentía por ella. Ella, y solo ella, era la culpable de que ahora estuviesen divorciados. Esto no se lo creía ni él, pero lo argumentaba tan bien que toda su familia cerró filas a su alrededor y lanzó dardos envenenados contra la reina.

Pero es mejor perdonar, soltar lastres e irse a nadar al océano existencial con las alas abiertas a la libertad, esa que genera la ausencia de rencores.

La reina se fue de la vida del caballero de armadura oxidada con un beso, deseándole que fuese capaz tanto de hallar la felicidad como de recuperar al bello ser que moraba dentro de él. Ella siempre amaría su ser interior.

La reina ya no volvió a ser la misma.

Ni falta que le hacía ser la del pasado. Decidió aprender de toda esa experiencia vital y no casarse nunca más con caballeros de armadura demasiado oxidada o un pelín oxidada.

La reina ya no quería más maridos que propinasen patadas a su castillo, ya fuese en forma de insultos a su  familia de origen, culpabilizarla de su enfermedad, utilizarla como diana de sus frustraciones o celos, tenerla de enfermera a tiempo completo, usarla como cocinera o anfitriona, sin sueldo ni agradecimiento,  pasearla cual trofeo de guerra, no apoyarla en momentos profesionales duros, tratar de ningunear su sensibilidad y su inteligencia pretendiendo hacerla pasar por tonta por no tener suficientes títulos académicos o por lo que fuera.

La reina recordó que, muchos años antes, el Universo ya había puesto en su camino a otro caballero de armadura también oxidada que la acusó, como su marido, de haber destruido su ideal del amor. Y es que nuestra reina se había cruzado con muchos caballeros de armadura oxidada hasta la médula que, al no poder someterla, trataron de derribar su dignidad a base de pegarle patadas a su corazón, que era inmenso y capaz de un amor sin límites. Ellos sacaron ventaja de esa capacidad de amor sin límites. Ellos sacaron ventaja de esa capacidad de amor para insultarla y tratar de culpabilizarla: ya que no podían tenerla, al menos su estima femenina quedaría hecha un estropajo estropajoso. Y como todos los que amaba poseían el privilegio de ser admitidos en el castillo, obviamente sus opiniones contaban. Y fueron tantos los que se lo dijeron, y tanto se lo repitieron, que la reina acabó por creer que era poco femenina, y que además tenía problemas con el compromiso y con eso de tener hijos.

Demasiados caballeros de armadura excesivamente oxidada.

Demasiados insultos a su corazón de reina.

Demasiados rencores a los que ella abrió la puerta y permitió la entrada.

Demasiadas creencias ajenas que guardó en su castillo emocional.

Su libertad fue vilipendiada y atacada.

Ellos no soportaban que fuese libre e independiente. La querían sometida, rotas las alas y domesticada.

Curioso.

Y digo curioso porque lo que al principio les atraía de ella era lo que acababa por sacarles de quicio una vez habían conquistado su corazón de reina.

Y así son las cosas, se encontró más sola que la una.

A la reina no le fue fácil conciliar el sueño durante mucho tiempo. Se sentía sola, muy sola. Lloraba la ausencia del caballero de la armadura demasiado oxidada. Y, por si fuera poco, además se sentía mal por echarle de menos.

Esto suele suceder durante el período de duelo, o sea, el primer año de separación. La confusión emocional ocasionada por la separación, unida a la vivencia de la pérdida son compañeras de todo aquel que se halla en período de encuentro consigo mismo y reuniendo los pedazos dispersos de su estima, corazón y psique.

Al fin y al cabo, la ruptura, de una relación, por muy reina que seas, es una muerte, y a toda muerte le sigue un proceso de duelo más o menos largo e intenso dependiendo del tipo de muerte de que se trate.

La reina se despertaba llorando muchas noches de vacío existencial. Ya no sabía por qué lloraba y se sentía rota como si le hubiesen arrancado parte de sí misma.

Y por si fuera poco, a su alrededor la gente la trataba con lástima pues para sus amigos y conocidos se trataba de una tragedia el hecho de que la reina se hubiese divorciado.

Por ello la obsequiaban con perlas tales como:

  • No deberías haberle dejado después de tantos esfuerzos. Ahora que ha logrado sus objetivos profesionales, vendrá otra y se llevará tus esfuerzos. Deberías haberte quedado para recoger los frutos de tu empeño.
  • Ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Has pensado que toda la gente de tu edad está ya emparejada? No vas a poder ligar de nuevo, los de nuestra edad ya tienen todos pareja…
  • Y, ¿no echas de menos los niños? Si al menos hubieses tenido uno, ahora no te sería tan dolorosa la soledad y la ausencia de él, pues tendrías algo suyo.
  • No sé para qué te has separado si quieres volverte a enamorar… Para buscar a otro más te valdría haberte quedado con el marido ya conocido…
  • Uno no cuenta que se ha separado: eso es una desgracia, un fracaso vital en toda regla.
  • La sociedad no está organizada para mujeres solteras. ¿A dónde vas a ir ahora sin pareja? Te sentirás fuera de lugar
  • Es triste estar sola, así sin nadie, y además ahora tendrás que hacer frente tú sola a todos los gastos…

Sé de las mentiras que os han contado. Estoy al tanto, de las creencias que os han inculcado… Y a ellos, los reyes, porque haberlos haylos, también. No os creáis que solo a vosotras os han contado mentiras y os han pretendido meter en cintura. A ellos también les han comido el tarro con ideas caducas.

Nuestra reina rescató su dignidad y se recordó a sí misma que ninguna mujer vale menos por estar soltera ni por haber decidido divorciarse de un mendigo emocional.

La máxima de toda corona es antes sola que con cualquier mendigo emocional.

Reinas del mundo levantaos y poneos la corona ya de una vez. Ha llegado el momento de hacer la revolución. Ni casadas ni solteras. Libres.

Lo importante es ser feliz, eres la reina de tu vida y eso es lo que importa.

No te niegues la vida, no te quites la corona para parecer menos alta y que así tu caballero de armadura oxidada se sienta cómodo en su altura junto a ti. Si él quiere aprender a ser Rey, envíaselo a una coach.

En caso contrario, mándalo de vuelta con sus padres.

Tienes derecho a elegir. Cásate, líate, enrédate, emparéjate… pero solo por amor. Si él te ama y te trata como una reina, entonces… sigue con él. Pero aléjate si pretende rebajarte, si te critica o ningunea.

Nunca jamás te quites la corona. Ni se te ocurra hacerte eso a ti misma.

Lo que le da el rango a la reina es la libertad, la dignidad y la autenticidad. Una reina es libre para dictar su destino, para sentir lo que siente, amar a quien ama. No se rebaja a comer las migajas que le ofrece un caballero que, pensando que está muerta de hambre, le aceptará cualquier cosa con tal de no estar sola.

Una reina siempre tiene por compañía a su dignidad. Puede amar, pero en todo caso se ama más a sí misma,

Esa dignidad es la causante de que acepte el dolor de las rupturas, de los sueños rotos, y opte por dedicarse a la recuperación de sus heridas y a cuidar de su corazón en vez de lanzarse a los brazos del caballero de armadura demasiado oxidada suplicando clemencia o el típico “no me dejes”.

Una reina es auténtica porque siempre es quien es en verdad: lo muestra sin pudor y con alegría. Jamás finge ni esconde sus dones, sino que alardea de ellos. Si ama, ama, y lo hace sin condicionantes ni conservantes…

Una reina no va de reina. Simplemente es reina.

Reinas del mundo: ¡Alzaos y poneos en pie de corona!

La soledad en pareja es la peor que existe. Nadie, ni mujeres ni hombres, debería envenenarnos el alma obligándonos a estar en una relación solamente porque nos aterroriza estar solos, porque no nos sentimos completos o porque no queremos darle la razón al mundo en cuanto a que somos unos fracasados emocionales por no tener pareja.

Lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es seguir a nuestro corazón, haciendo solamente aquello que proporciona placer, felicidad, tranquilidad y serenidad a nuestra alma.

Cuidar de uno mismo esa es la clave. No eres un fracasado por estar sin pareja.

Te explico lo que yo entiendo por fracaso: obligarme a mí misma a hacer algo que no me hace feliz y que me suprime la alegría, la paz, la ilusión, tiempo para pensar, de descanso, etc.

Fracaso es todo aquello que va en contra de mi dignidad como persona.

Si escoges ser damisela de diadema floja, atente a las consecuencias y evalúa seriamente el precio que pagarás por tener a un hombre a tu lado, uno cualquiera, del que tal vez no estés enamorada, que te ningunea de mil y una maneras.

Para mí no hay peor vejación que la que un ser humano se inflige a sí mismo cuando traiciona su integridad, esto es cuando dejamos de ser nosotros mismos para que otro ser humano siga con nosotros. El precio que se suele pagar es el de la propia vida (infelicidad, depresión, enfermedades físicas, tristeza, envejecimiento prematuro…)

A veces duele que nos arranquen el velo de la armadura. ¡Pero pasa pronto!

Por consiguiente, lárgate de la esclavitud social y comienza a escribir tu propio guion vital.

Y convéncete de una cosa: si existes tú, si de verdad hay mujeres maravillosas, también hay hombres buenos y fantásticos.

Pregúntate lo siguiente: De lo que pides en una pareja, ¿tú qué ofreces?

Si de verdad eres una reina, atraerás a un rey, y viceversa. Todos los demás se irán de tu camino, huirán de tu reino porque no podrán soportar el peso del compromiso con un ser de verdad.

Tu belleza interior, tu luz, tu autenticidad deben bastar para atraer a un rey/reina. Ten en cuenta que una persona auténtica, que brilla su luz es bella en el exterior (y no tiene que coincidir con los cánones sociales de belleza), pues la gente que es ella misma emana una luz especial que la hace muy atractiva a los ojos de los demás; es como un imán al que no pueden resistirse… La luz del alma es imposible de ignorar.

Nunca es tarde para ser feliz y encontrar a tu alma gemela.

Cualquier día puedes abrirle la puerta a tu destino…

Cualquier día puede sacarte a bailar la magia…

Gracias, gracias, gracias…

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